¿Cómo escribir un trabajo de investigación cuando el tiempo, el trabajo y la vida no paran?
📖 Ensayo académico con base empírica¿Cuántas veces escuchamos que una tesis "se hace con disciplina"? ¿Cuántas veces leímos que basta con organizarse mejor, levantarse más temprano, apagar el celular? ¿Y qué pasa cuando quien tiene que escribir esa tesis sale de un turno de ocho horas, busca a los chicos en la escuela, cocina, y recién a las once de la noche abre el archivo que dejó a medias hace tres semanas?
Hay una imagen del tesista que circula en los pasillos de las universidades y que casi nunca coincide con la realidad. Es la imagen de alguien joven, sin obligaciones, con tiempo disponible y una beca que le permite dedicarse. Esa persona existe, por supuesto. Pero es minoría. La mayoría de quienes hoy están escribiendo una tesis, una tesina o un trabajo final integrador en Argentina lo hace mientras trabaja, mientras cría, mientras sostiene una casa. Y sin embargo, las exigencias, los plazos y las expectativas institucionales siguen diseñados para aquel tesista imaginario.
En este artículo queremos mirar de frente esa ecuación que muchos viven como imposible. No para resignarnos, sino para entender por qué se rompe y qué podemos hacer distinto.
Empecemos por los números, porque los números tienen la virtud de desactivar la culpa individual.
En Argentina, algo más de la mitad de los estudiantes universitarios estudia y trabaja al mismo tiempo, y la enorme mayoría de ellos lo hace por necesidad económica, no por elección vocacional ni por búsqueda de experiencia. No estamos hablando de un grupo marginal: estamos hablando del estudiante típico del sistema universitario argentino.
Cuando bajamos el foco a la etapa específica de la tesis, el panorama se vuelve todavía más nítido. En un estudio realizado en la Universidad de Flores sobre estudiantes de la Licenciatura en Psicopedagogía que llevaban más de seis meses de demora en la entrega de su Trabajo Final Integrador, Genise, Mortara y Ortiz (2024) encontraron que el 77,9% había trabajado a tiempo completo durante toda la carrera, mientras que un 20,5% lo hizo a tiempo parcial. Apenas el 1,6% no trabajó. Y el 59% tenía hijos a cargo. La edad promedio de la muestra era de 37 años.
Detengámonos en ese dato un momento. Estamos ante personas adultas, con trayectorias laborales consolidadas, con familias a cargo, que llegan a la instancia final de su carrera y se encuentran con una tarea que exige concentración sostenida, lectura profunda y escritura continua. ¿En qué momento del día se supone que eso ocurre?
Los propios estudiantes lo dijeron: en ese mismo estudio, el 61,5% declaró haber atravesado durante la cursada alguna situación vital que retrasó sus estudios, y el 79,5% expresó necesitar ayuda adicional para poder completar su trabajo final.
Podríamos pensar que el problema es simplemente que falta tiempo. Pero la investigación sugiere algo más sutil y más difícil de resolver.
Paula Carlino (2005), en un trabajo que sigue siendo referencia obligada, analizó las experiencias de 41 sujetos —23 egresados con título de Magister y 18 maestrandos con la tesis en curso— provenientes de maestrías en Ciencias Sociales de distintas provincias argentinas. Los resultados son elocuentes: quienes lograron terminar tardaron en promedio 76 meses, es decir, seis años y cuatro meses. De los 18 casos de los que se obtuvo el dato, solamente cinco habían tenido beca y dos habían escrito su tesis en el marco de una dedicación exclusiva. El resto, la amplia mayoría, escribió su tesis en los intersticios de otras vidas.
¿Y cuál fue el obstáculo más mencionado por esos tesistas? La falta de tiempo. Pero Carlino agrega una precisión decisiva: la falta de tiempo que crea discontinuidad en el trabajo.
Esa palabra —discontinuidad— nombra algo que quienes trabajan y escriben conocen íntimamente. No es lo mismo tener poco tiempo que tener el tiempo roto en pedazos. Un tesista que dispone de dos horas diarias regulares está en mejores condiciones que uno que dispone de un domingo entero cada tres semanas. ¿Por qué? Porque cada regreso al texto después de una interrupción larga tiene un costo enorme: hay que releer lo escrito, recordar el argumento, reconstruir el hilo, volver a habitar el problema de investigación. Ese costo de reentrada puede devorar la mitad del tiempo disponible.
Carlino describe la labor del tesista en Ciencias Sociales como discontinua, solitaria y centrada en temas desvinculados de los de sus compañeros. Tres condiciones que se potencian entre sí. Y el resultado es conocido: en los posgrados argentinos, según los propios responsables de esos programas, la tasa de completamiento ronda el 10%. Los angloparlantes acuñaron una sigla para nombrar esta situación: ABD, All But Dissertation, todo menos la tesis.
¿Cuántos ABD conocemos? ¿Cuántos profesionales excelentes cargan durante años con una tesis inconclusa que ya no saben cómo retomar?
Hay una dimensión de este problema que rara vez aparece en los reglamentos ni en las tutorías, y que sin embargo es la que más pesa: la dimensión emocional.
Zepeda Toro, da Silva Sousa, Costa y Colauto (2023) aplicaron un instrumento sobre motivos de procrastinación a 288 estudiantes de posgrado que se encontraban efectivamente escribiendo su disertación o tesis. Su hallazgo central es contundente: los motivos de procrastinación con mayor intensidad, asociados al miedo al fracaso, fueron la ansiedad y el cansancio con desmotivación.
En la actividad específica de escribir la tesis, el motivo más intenso fue "me deja ansioso/a", con una media de 6,63 sobre 10. En la actividad de realizar lecturas, el que encabezó la lista fue "me siento cansado y sin energía para comenzar". Los autores lo sintetizan con claridad: la procrastinación aparece como un recurso para afrontar el miedo, no como un déficit de voluntad.
Y hay un dato de ese mismo estudio que conecta directamente con lo que venimos diciendo. Los estudiantes que contaban con beca durante todo el cursado presentaron menor intensidad de motivos de procrastinación que aquellos que nunca recibieron ayuda económica o que la recibieron solo durante una parte del programa. La explicación de los autores es directa: quienes tienen sostén económico dedican la mayor parte de su tiempo a las actividades académicas; quienes no lo tienen deben repartir ese tiempo con la actividad laboral, y esa fragmentación multiplica las razones para postergar.
Los datos argentinos van en la misma dirección. En el estudio de Genise et al. (2024), las variables emocionales medidas arrojaron un agotamiento con media de 4,11 sobre 5, una ansiedad de 3,84 y un estrés de 3,80. La procrastinación mostró correlaciones positivas significativas con la ansiedad (r = 0,493) y con el perfeccionismo (r = 0,426), y correlación negativa con la productividad. El bloqueo y la ansiedad correlacionaron a 0,520.
¿Qué nos dicen estos números? Que el cansancio no es solamente físico. Que la ansiedad de quien no avanza alimenta el bloqueo, y el bloqueo alimenta la ansiedad. Es un circuito que se retroalimenta y del que no se sale con más esfuerzo, porque el esfuerzo ya está puesto: está puesto en el trabajo, en la casa, en los hijos.
Sobre esta espiral y sus mecanismos escribimos con más detalle en nuestro artículo sobre la postergación que bloquea, donde desarrollamos por qué postergar rara vez es un problema de organización del tiempo.
¿Qué se pierde exactamente cuando se sostienen dos vidas a la vez?
Cuevas de la Garza y de Ibarrola Nicolín (2013), en una investigación cualitativa con estudiantes de educación superior que trabajaban simultáneamente, identificaron tres dificultades recurrentes, y vale la pena leerlas en orden.
La primera es la falta de tiempo para desarrollar otro tipo de actividades y para desempeñarse cabalmente en la escuela. Es la más obvia y la que todos anticipamos.
La segunda es la presión por cumplir en ambas esferas. Y acá aparece algo que la primera no nombra: no se trata solo de que el tiempo no alcanza, sino de que en ninguno de los dos ámbitos uno logra sentirse suficiente. En el trabajo, la tesis compite. En la tesis, el trabajo compite. Y en el medio, la sensación permanente de estar quedando mal en todos lados. ¿Quién no reconoce esa culpa doble?
La tercera es la pérdida de la vida social, un factor que los autores destacan como especialmente significativo por la etapa vital que atraviesan estos estudiantes, en la que los procesos de socialización resultan centrales en términos de construcción de identidad. Lo primero que se recorta cuando el tiempo aprieta no es el trabajo ni la familia: es el encuentro con amigos, el descanso, el ocio. Es decir, exactamente aquello que repone la energía necesaria para escribir.
Aquí conviene detenerse en algo importante. Ese mismo estudio encontró que, ante la pregunta explícita de si dejarían de trabajar en caso de que alguien les proveyera los recursos que ganan, ninguno de los estudiantes consultados planteó la preferencia por abandonar el doble rol. El 60% valoró como positiva la influencia del trabajo sobre su rendimiento académico, y el 63% valoró positivamente la influencia de la escuela sobre su rendimiento laboral.
¿No es una contradicción? ¿Cómo puede ser que quienes sufren la falta de tiempo, la presión y el aislamiento no quieran salir de ahí?
Justamente ahí está el matiz que nos interesa recuperar, porque desarma la lectura fatalista.
Rodríguez y Clariana (2017) estudiaron la procrastinación académica en 105 estudiantes universitarios, cruzando dos variables que hasta entonces se habían analizado por separado: la edad y el curso académico. El resultado fue inesperado. El nivel de procrastinación no depende del curso que el estudiante esté cursando, sino exclusivamente de su edad. Los menores de 25 años obtuvieron una media de procrastinación de 37,44, mientras que los de 25 años o más se ubicaron en 27,85: casi diez puntos de diferencia, estadísticamente significativa.
¿Y quiénes son, en el sistema universitario argentino, los estudiantes de más de 25 años? En buena medida, exactamente aquellos que trabajan, que tienen familia, que retomaron estudios interrumpidos o que llegaron tarde a la universidad. Es decir: los que menos tiempo tienen son los que menos postergan.
Las autoras ofrecen varias explicaciones convergentes. Una es la maduración de las funciones ejecutivas y del autocontrol. Otra es el aprendizaje acumulado: quien ya sufrió las consecuencias de postergar construye una base de experiencia que le permite responder mejor en situaciones futuras. Y una tercera, quizás la más relevante para nosotros, es la motivación: difícilmente una persona mayor de 25 años decida retomar los estudios universitarios si no tiene un motivo intrínseco fuerte. La decisión de estudiar es percibida como propia, y esa percepción de elección personal reduce las conductas dilatorias.
Las mismas autoras recuperan además un hallazgo previo del equipo de Clariana (Clariana Cladellas, Gotzens, Badia y Dezcallar, 2014) que resulta iluminador: los estudiantes que realizaban actividades extraescolares procrastinaban significativamente menos que sus pares sin esas actividades. La hipótesis es que tener el día más lleno —hasta cierto punto— obliga a organizar mejor el tiempo y las tareas.
Esto no romantiza nada. Trabajar mientras se escribe una tesis sigue siendo más difícil que no hacerlo. Pero desmiente la idea de que el tesista que trabaja está condenado. La restricción de tiempo, cuando se la administra bien, puede funcionar como estructura. El problema no es tener poco tiempo: el problema es tener poco tiempo y no tenerlo organizado.
¿Cómo se organiza, entonces?
Si la discontinuidad es el enemigo, la estrategia no puede ser esperar el bloque grande de tiempo que nunca llega. Esa espera es, en sí misma, una forma de postergación: "cuando termine este proyecto en el trabajo", "cuando arranquen las vacaciones", "cuando los chicos crezcan un poco". El bloque grande no llega, y cada mes de espera aumenta la ansiedad y el costo de reentrada.
Proponemos lo contrario: trabajar con la unidad de tiempo que efectivamente existe, no con la que desearíamos tener. A esto lo llamamos escritura fragmentada, y tiene cinco reglas concretas.
A esta estructura conviene sumarle un cuidado adicional: no cometer, por apuro, los errores de forma que después obligan a rehacer capítulos enteros. Recopilamos los más frecuentes en nuestro artículo sobre los 15 errores fatales en la tesis, y casi todos son evitables si se los conoce de antemano.
La ecuación de la que hablamos al comienzo no es imposible. Es injusta, que es otra cosa.
Es injusta porque las instituciones diseñan plazos, exigencias y modalidades de acompañamiento pensando en un estudiante que dejó de ser mayoritario hace décadas. Es injusta porque, cuando la tesis no avanza, la explicación que se ofrece suele ser individual —falta de compromiso, mala organización, poca constancia— cuando la evidencia muestra con claridad que los factores institucionales y las condiciones materiales de vida pesan tanto o más que los personales.
Pero que sea injusta no significa que no pueda resolverse. Los datos de Rodríguez y Clariana (2017) nos dicen algo esperanzador: quienes llegan a la tesis con una vida adulta a cuestas traen consigo recursos que los estudiantes más jóvenes todavía no desarrollaron. Motivación propia, capacidad de autorregulación, experiencia acumulada, claridad sobre por qué eligieron estar ahí. Lo que falta no es capacidad: es método y es sostén.
El método puede construirse. El sostén, en cambio, difícilmente aparezca solo. Carlino lo señalaba ya en 2005: la elaboración de una tesis es un aprendizaje de tal envergadura que requiere no solo el compromiso del aprendiz, sino un soporte externo que andamie el proceso.
Si estás escribiendo tu tesis entre un trabajo de ocho horas y una casa que sostener, no estás fallando. Estás haciendo algo objetivamente más difícil que lo que hizo la mayoría de quienes te van a evaluar. Y merecés hacerlo acompañado.
No necesitás más tiempo: necesitás un método realista y alguien que sostenga el proceso con vos. Primera consulta sin cargo.
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